«Los recortes se aceptan por una de las fuerzas más importantes de la humanidad, el miedo».
José Luis Sampedro
Dos hechos que he observado estos
días y que ejemplifican la sabia reflexión que antecede a estas líneas.
Una empresa de esas que tienen filiales por todo el mundo anuncia una
serie de drásticos recortes y, avisa, “el único término que escucharéis a
partir de ahora será el de ‘ajuste’”. Los rumores en el ambiente crecen como el
índice de inflación, se dispara la tasa de desconsuelo y los compañeros asisten
a su lugar de trabajo sin saber si será el último. Más que la palabra ‘ajuste’,
lo que se palpa es otra, ‘miedo’.
Un programa de televisión habla de la falta de trabajo e invita a un
panel de expertos para dar claves de cómo afrontarla con ciertas garantías de
éxito. Entre los expertos, un motivador que explica, con buen criterio, que es
muy importante la actitud férrea ante los embates de la vida, o en sus
palabras, ‘hacer frente a los problemas con buena cara’. La platea reacciona de
forma airada, la periodista que modera el debate tiene que salir en su defensa
para evitar su linchamiento mediático. Se huele la rabia como producto, otra
vez, del miedo, aunque en el fondo se sabe que estos ajustes han venido para
quedarse y cambiar todo tal y como lo conocíamos.
Sin exagerar, estas escenas
podrían darse en la actualidad en cualquier parte del mundo, literalmente. Es
el pan de cada día, una fase de cambios trascendentales que afecta a muchísima
gente y que conecta con ese temor ancestral llamado ‘supervivencia’ (¡vaya
palabra!), entendida en una de sus acepciones como ‘la acción de conservar la
vida con los medios mínimos indispensables’. Tal cual.
En estos momentos pareciera que
se nos ha puesto a prueba para comprobar la capacidad de sobrevivir que
poseemos como seres vivos y demostrar el ansia de seguir viviendo, pese a todas
las circunstancias que puedan afectarnos. Es una invitación extrema a aceptar
el cambio. Y recordemos que, para una persona normal, el cambio representa básicamente ‘un proceso psicológico en
el que intervienen emociones, pensamientos, motivaciones y acciones’.
¿Entonces?
Como sociedad nos urge plantear
soluciones que excedan el marco de lo conocido justamente para enfrentarnos a
lo que más tememos: lo desconocido. No es retórica, cabe reflexionar en que es
hora de unir fuerzas, porque a título individual ya no alcanza para luchar contra
este formidable enemigo que se esconde bajo la forma del miedo al cambio.
Decía Séneca que ‘el colmo de la infelicidad es temer
algo, cuando ya nada se espera’. Y ahora, que la felicidad se estima tan
esquiva como la inextricable senda del futuro que todos (repito: todos)
tendremos que recorrer, cuál es el siguiente paso...
Pues no lo sé, dicho con total honestidad. ¿Que esperabais una respuesta
con más certezas que dudas? Lo siento, no puedo proporcionaros ninguna. Pero sí
puedo obsequiaros una frase célebre de Marianne Williamson que puede iluminar,
al menos un instante, esa sombra alargada que proyecta nuestros miedos.
"Nuestro miedo
más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que
somos inmensamente poderosos. Es nuestra luz, y no la oscuridad, lo que más nos
asusta.
Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser
brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no
serlo?
Eres hijo de Dios. Jugar a ser pequeño no
sirve al mundo. No hay nada
iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan
inseguras.
Nacemos para hacer manifiesta la
gloria del universo que está dentro de nosotros. Esto no está solamente en algunos: está en
todos nosotros.
A medida que nos permitimos que
nuestra luz se irradie, inconscientemente estamos permitiendo que otras
personas hagan lo mismo.
Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente
libera a los demás".
¿Y por qué no?
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