El arte es el placer de un espíritu que penetra en la
naturaleza y descubre que también esta tiene alma.
(Auguste Rodin)
(Auguste Rodin)
Cierra los ojos. Sí, solo por un
momento. ¿Ya está? ¡Muy bien! Ahora quédate así por un rato… Y en este instante
de relax, piensa en alguna canción, pero no en una que te guste, más bien ¡una que
te encante! ¿La tienes? ¡Genial!
Ahora piensa, siente, vibra: esos
acordes, esa sensación maravillosa que susurra cinestesia, esa emoción que te
envuelve y que permanece allí, aun cuando no hay más notas desplegándose en el
ambiente…
A menudo sentimos, como dijo
Schopenhauer, que en
la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino
música hecha realidad. Ese mundo tan físico, tan tangible, tan terrenal, se
evanesce y queda lo importante: nuestro yo.
Despojados de esa identificación mental, ahora somos quien realmente somos. Sin ambages,
circunloquios ni parloteo. Donde anidan nuestras grandes verdades, donde el
espejo refleja verdad y el tiempo deja paso a la eternidad.
Ahora pregúntate: ¿qué hay? Es el alma que habla. Lo
ha hecho siempre, pero tan aturdidos como estamos, su dulce murmullo queda
opacado por la cotidianeidad, aunque su presencia siempre permanece. ¿Lo
sientes ahora? ¿Y a qué esperas para dar rienda suelta a la alegría de conectar
con ella?
En el silencio que ahora puebla tu existencia, en ese
minuto donde todo pierde sentido, tienes a tu alcance el universo todo.
Pregúntale, inquiere, conversa… desciende
a las profundidades de ti mismo, y logra ver tu alma buena. ¡No te
arrepentirás!
Cualquier melodía, parafraseando a Chagall, es sobre
todo un estado del alma. Busca esa canción, elévate y vuela, que el alma tiene
ilusiones como el pájaro alas y es lo que la sostiene, como decía Víctor Hugo.
¡Vamos, a qué esperas! Un manto de nueva luz recubrirá tu ser. Ya lo decía el
gran genio Leonardo Da Vinci cuando expresaba que ‘a veces presiento que mi alma
está en sombras, entonces me inclino, te beso, y hay luz’. Es de esa luz que
reclama tus sentidos de lo que hablamos.
Y recuerda, cuando te estremezcas porque un puñado de
notas revolotea en tu corazón, ya lo sabes: es el alfabeto del alma que te
llama para bendecirte, incansable, regalándote sus dones. ¿Música, maestro? Es
que el maestro has sido siempre tú…
Para saber más:

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